O que encontrar do outro lado da esquina... uma luz, um amor, um sonho, um silêncio, um verbo ou uma conjunção que conecte dois mundos?



quarta-feira, 11 de janeiro de 2012

El Niño Pájaro


…era aún muy pequeño y le gustaba jugar con la naturaleza, intentando descubrirla, correr entre troncos infinitos que formaban un pasillo de árboles frondosos. Le gustaba perderse en ese laberinto fresco, verdoso, de aire limpio. Cuando encontraba la salida, acostaba su cansancio en la inmensidad de la alfombra de hierba húmeda, que a veces crecía entre los árboles, como si fuera una isla en el océano, un oasis en el desierto. Allí, tumbado boca arriba, sentía el calor del sol en su rostro, y hacía un nuevo sendero para las hormigas que dibujaban el contorno de su cuerpo en la tierra, como él cuando contorneaba sus manos en el papel , con un pincel. El lago, donde muchas veces se bañaba en el verano, era el cielo que podía tocar con sus pies, espejo de sus sonrisas y lágrimas, pozo de misterios de la floresta, testigo de sus gritos y carcajadas. 

Todas las tardes oía el canto de los pajaritos, imaginando sus diálogos, comprendiendo sus comandos. Jugaba a distinguir sus voces, reconociendo en cada uno el conjunto de varias notas musicales. No comprendía porqué su madre le echaba una bronca, diciendo que debería jugar a la pelota con otros niños o tomar parte en competiciones deportivas...Pero no quería competir, perder o vencer, sólo deseaba estar libre, atrapar con los ojos el aleteo de los picaflores, las largas alas de los albatros, las gaviotas, águilas, mariposas y todo lo que volara en aquel azul. Su mayor deseo era perseguir al viento y abrazarlo.


Le preguntó a su madre “¿Por qué el viento no me deja tocarle la piel?”. Siempre intentaba agarrarlo, corría detrás de las hojas secas llevadas a todos los rincones por los remolinos (que subían y bajaban al suelo), trazando espirales; caídos, agotados –el niño, las hojas y el viento- pronto se levantaban con un ligero impulso.
“¿Por qué no podría domar al viento?”, la madre con una mirada indiferente ante la pregunta del hijo, le dijo que se dejara de hablar tonterías y que le ayudase al abuelo a trabajar en el jardín. El niño no se conformaba con tener siempre la misma respuesta y un día decidió capturar su sueño. 

Durante una noche estrellada y muchas otras noches con estrellas y luna escondidas, saltaba furtivamente por la ventana, transportando la jaula con el canario que dormía allí dentro. Sentábase en cuclillas, en el rojo tejado de su casa y observaba el espacio, como si fuera un astrónomo. En una de aquellas noches, cuando las ramas de los árboles bailaban y las ropas oscilaban en el tendedero, el niño abrió la pequeña puerta de la jaula y esperó a que el viento viniera a abrazar su amiguito. Quizás cuando el señor viento llegase, podría atraparlo rápidamente y guardarlo en la jaula. Así lo hizo, ¡¡¡ZAP!!!, aprisioo un poco del viento y le devolvió las alas a su viejo canarito.

 Días y noches transcurrieron y el niño seguía manteniendo la jaula en su habitación y la ilusión en su pecho. Aunque la madre estuviera enfadada, pues el hijo había dejado escapar el pájaro de la familia, el niño se sentía muy orgulloso – no de haberle dado al canario la libertad, pero de haber retenido algo mucho más valioso: el indomable viento. Sin embargo, no se lo contaba a nadie, éste era su gran secreto.
o se sentía muy orgulloso – no de haberle dado al canario la libertad, pero de haber retenido algo mucho más valioso: el indomable viento. Sin embargo, no se lo contaba a nadie, éste era su gran secreto.

Noches y semanas transcurrieron y tener el viento allí adormecido no era más divertido que verlo libre y veloz, rozando su pelo, barriendo su tejado, silbando y retándole a que le persiguiese, volando por tierras y nubes desconocidas. El niño se dió cuenta de que no valía la pena guardarlo, encerrarlo en su corazón para que sólo le perteneciera. Le gustaría mezclarse con él, ser sólo movimiento, crear alas para levitar y posar, dejarse llevar como las hojas del otoño, como las semillas que un día fueron sembradas.

Observó durante meses los movimientos , posiciones y costumbres de los pájaros, subió los montes, corrió velozmente, saltó largas distancias, movió los brazos freneticamente, se cayó, se lastimó, pero se levantó, listo para un nuevo intento de vuelo. Comió menos golosinas, pues deseaba estar más delgado y leve, pudiendo despegar fácilmente. Pero todos los intentos habían sido inútiles.


Un día de julio, el olor de la tempestad y el aullido del viento le rogaban al niño que se aventurara y les acompañara. Por fin estaba listo, acabara de fabricar alas con alambre, papel y hojas de los árboles, pegadas en cada página. Cada hoja como si fuera una letra que un día les contaría a otros niños su historia. Colgó las alas en los hombros, como solía hacer con su mochila, y esta noche, desde su tejado, corrió, corrió tan rápido como sus piernas lo permitieron para arrojarse al acaso, a los brazos del ventarrón. Con los ojos cerrados, se sintió arropado por el aire caliente que le transportaba muy alto. Al abrir sus ojos, vió caer las hojas de sus alas dejando huellas de su camino hacia el cielo. Era libre y admiraba los pájaros y los demás seres nocturnos que volaban a su lado. Tantas veces les había mirado de lejos, desde el suelo, cuando eran casi invisibles, incomprensibles. Ahora los veía de manera distinta, veía verdades que jamás imaginara que pudieran existir. Veía que el sueño de caminar con el viento sólo era posible cuando él se fuera a buscarlo y no capturándolo para sí. 

El niño ahora era el viento y conquistaba montañas, mares y horizontes. La familia perdió una vez más para el mundo uno de sus pajaritos.




2 comentários:

Anônimo disse...

Mi amiga, soñe que era niña por un ratito y arropada entre mantas tibias, alguien me narro estos cuentos.
Mil gracias por este ratito de plenitud que me brindaste.
shosha

AMOR disse...

Gracias a ti por estar, querida amiga. Beijos.